miércoles, 8 de febrero de 2012

Diario en fotos DÍA 5

Mi nacimiento, en un barrio popular, marcaba una nueva etapa para mi familia. Habiendo tenido ya dos 
hijas, mi padre suponía que esta vez nacería un varón. Ansioso, esperaba noticias ejercitando su mente con un ábaco chino.
Después de una larga espera, a las 10:30 de la mañana escuchó la voz de una enfermera:
- Felicidades, fué una niña.
El ábaco cayó al suelo rompiéndose en dos partes, pero sin que las cuentas se diseminaran por el suelo. Fué la enfermera quien se lo entregó.
Pienso en el ábaco cayendo, en su sorpresa o acaso desilusión y me pregunto si él sabría que con ése ábaco también hacen cuentas las personas con discapacidad visual…
- Sólo se llevará a su esposa, la niña se queda porque tiene una infección en los ojos.-agregó la enfermera
Al caminar sin la esperada compañía, algo en su corazón le decía que las cosas no serían iguales que con los otros pequeños.
Los ojos pensaba, son el reflejo del alma… y quizá fue entonces cuando pensó por primera vez aquella frase que tantas veces me repetiría: “Hija si pudiera darte mis ojos lo haría”.
Al llegar a casa, y pasar los días aquellos pequeños ojos parecían resistirse a ser iguales a los demás, no dejaban de llorar cual si llevasen una profunda tristeza por dentro. Ni los doctores con sus recetas, ni las vecinas con sus remedios parecían curarlos.
Fue así como llegó Brígida.
Como tantas mujeres de la zona, completaba su gasto familiar con su propio trabajo, con aquello que sabía hacer mejor y en lo que se podía considerar una experta: lavar y planchar. El número de hijos que había tenido, lo había determinado Dios, así que debía trabajar muy duro.
Brígida también se había ofrecido a llevar leche hasta mi casa, y ahí me había conocido.
- “No maestro, lo que su niña tiene en los ojos, no lo curan los doctores. Si quiere lo llevo con alguien que se la cure.”
Aún a pesar de su mentalidad científica, mis padres no pudieron negarse: de tal forma duelen las lágrimas de un hijo.
Brígida los guió a través de callejones estrechos, producto de las reparticiones familiares de grandes terrenos; lavaderos comunitarios, pequeñas vecindades y un eterno olor a leña que se mezclaba a través de esos caminos que llegaban a parecer intrincados.
En alguno de los pequeños cuartos había una anciana inexpresiva, tomó un manojo de hierbas, un huevo, y después de untarlos con lociones, y pasarlos sobre mi cuerpo, terminó rompiendo el huevo en un vaso con agua.
El líquido obscuro que salió de él sorprendió a mi madre, quien me tomó de nuevo en sus brazos.
La anciana entonces tomando una expresión de satisfacción dijo :
- “Aquí está parte del mal”.

Mi mamá no escuchó la palabra “parte de” y sólo se contentó con alegrarse al ver que esos diminutos ojos ya no derramaban lágrima alguna, pues por alguna causa, mis ojos dejaron de llorar.

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